Microrrelatos I

[Retomo algunos microrrelatos publicados en mi antiguo blog Un caleidoscopio de imágenes.]

«Los ácaros son los primos diminutos de las arañas —escribió la dulce niña con su trazo delicado e infantil—, pero si una disputa llegara a enturbiar la paz familiar, la ventaja recaería indudablemente del lado de los ácaros por su clara superioridad numérica y su microscópico tamaño, que les permitiría introducirse en ellas y devorarlas por dentro.»

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El gato de Cheshire abrió sus fauces de par en par y su siniestra sonrisa engulló al mundo.

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Los abasíes, conscientes y orgullosos de su grandeza, contemplaron petulantes sus efigies en las aguas del destino. El reflejo los llenó de pesadumbre, y el miedo que les infligió, y no otro motivo, precipitó su decadencia. Poco tiempo después, su imperio se desmoronaría inexorablemente.

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La idea de el otro en 300, de Zack Snyder

1. Descripción de 300

Año 480 antes de Cristo. Habiendo resistido heroicamente los sucesivos embates del temible ejército de Jerjes, sabedor de que un compatriota, Efialtes, ha traicionado a su pueblo y revelado a los persas la ubicación del paso secreto que habrá de conducirlos a la retaguardia del exiguo contingente griego, y ante la certeza de que el nuevo día será testigo de su derrota y muerte, el rey Leónidas despacha, rumbo a Esparta, a Dilios, uno de sus más bravos guerreros, con un único mensaje en las alforjas: que el mundo jamás olvide a los 300 espartanos que dieron su vida por defender la libertad.

Avanza la acción y concluye el inmenso flash black que constituye el núcleo central de la Dilios, inflamando a las tropas antes de la batalla de Plateapelícula 300 (Zack Snyder, 2006). Ha transcurrido un año, y gracias al sacrificio de Leónidas y los suyos, los griegos han tenido tiempo de reunir el mayor ejército disponible. Apostados en Platea, los soldados aguardan el combate, y el mismo Dilios, que comanda ahora las huestes, se dirige a ellos, y con su elocuencia de brillante orador, inflama sus corazones hasta hacerlos hervir de fervor patriótico (01:41:57-01:44:19 [1]):

Ésa era su única esperanza, que a toda alma libre que pase por ese lugar, en los innumerables siglos que están por llegar, desde las piedras milenarias, nuestras voces puedan susurrar: «Decid a los espartanos, caballeros, que aquí, por la Ley espartana, yacemos». Así falleció mi rey, y también mis hermanos, hace apenas un año.

Mucho he reflexionado sobre las enigmáticas palabras de victoria por parte de mi rey. El tiempo le ha dado la razón, y de griego libre a griego libre, se transmitió el mensaje de que el valeroso Leónidas y sus 300 hombres, tan lejos del hogar, entregaron la vida, no sólo por Esparta, sino por toda Grecia y por la promesa que este país representa. Y aquí, ahora, en esta escarpada tierra llamada Platea, las hordas de Jerjes se enfrentan ¡a la aniquilación! Ahí están, los bárbaros desalmados, con el corazón encogido, y tembloroso el pulso, aterrorizados, pues son conscientes del despiadado y brutal horror que sufrieron frente a las espadas y lanzas de los 300. Y ahora, desde el otro lado de la llanura, contemplan a diez mil espartanos, a la cabeza de treinta mil ¡griegos libres! El enemigo únicamente nos triplica en número, alentador para cualquier griego. En este día, liberamos al mundo del misticismo y la tiranía y damos la bienvenida al futuro más esperanzador que hayamos imaginado. Demos las gracias a Leónidas y a sus 300 valientes. ¡Hacia la victoria! [2]

No cabe duda de que 300 no le habría resultado indiferente a Edward Said, que murió tres años antes de su estreno. Sí habría podido leer el tebeo [3] homónimo en el que se basa, obra de Frank Miller (guión y dibujo) y Lynn Varley (color) [4], dado que se publicó en 1998, pero esto parece poco probable, habida cuenta del escaso prestigio que atesora el cómic en las altas esferas de la cultura, a pesar de que la tendencia parece estar cambiando de signo en los últimos tiempos.

El padre de la teoría poscolonial, el autor de Orientalism (1978), uno de los ensayos más influyentes del siglo pasado, no habría tenido que sudar demasiado para resaltar y Edward Said (1935-2003)desmontar los tópicos (received ideas, como él los denomina) que, en torno al Oriente, impregnan no sólo la escena que acaba de describirse, sino toda la película. Los griegos, en nombre de Occidente, enarbolan el estandarte de la libertad y son retratados con todos los atributos propios de los héroes (justicia, idealismo, honorabilidad, compañerismo, inteligencia, determinación…), apenas matizados con tibieza por rasgos más negativos (terquedad, rigidez, bravuconería, arrogancia…), que son la inevitable contrapartida a tanto derroche de virtudes; frente a ellos, se identifica a los persas con Oriente y con todas las lacras del mundo y todos los vicios de los hombres (injusticia, tiranía, opresión, irracionalidad, barbarie, corrupción, derroche, lujuria…). El bien contra el mal. Nosotros contra ellos.

Los persas luchan por el afán de poder, por el ansia de someter a todos los pueblos de la Tierra y convertir a los hombres en esclavos; los espartanos, como ya he dicho, por la libertad (concepto sobre el que volveré más adelante), pero también por la gloria. Después de presenciar cómo naufraga en la tempestad la descomunal flota de Jerjes y conjeturar Un joven Michael Fassbender interpreta a Steliosque el mar se ha tragado al grueso de sus tropas, una patrulla de arcadios y espartanos se pone en camino para atisbar el campamento de los enemigos y evaluar sus verdaderas fuerzas, y al escalar la montaña y asomarse a la bahía desde la cima, quedan estupefactos en la contemplación de un despliegue militar que parece no tener límite. A continuación, el espartano Stelios y el arcadio Daxos intercambian las siguientes palabras (00:35:31-00:36:07):

Daxos

[Reflejando miedo en su voz.] Sus barcos se estrellaron contra las rocas. ¿Cómo es posible?

Stelios

Sólo eran una fracción del monstruoso ejército de Jerjes.

Daxos

Jamás obtendremos la victoria. [Increpándole.] ¿Por qué sonríes?

Stelios

[Sonriendo.] Arcadio, he combatido innumerables veces, pero jamás he conocido adversario que pudiera ofrecerme lo que los espartanos llamamos una bella muerte. Mi esperanza es que, de entre todos esos guerreros reunidos para enfrentarse a nosotros, haya uno capaz de estar a la altura.

¿Audaz o temerario? ¿Arrogante o sincero? El espartano recibe, desde la más tierna infancia, una educación severa y rigurosa que gira en torno a la formación militar. Nace para ser soldado, para servir a su ciudad, y el mayor honor al que puede aspirar es entregar la vida por ella. Ahí reside la superioridad bélica del espartano: no sólo en el concienzudo adiestramiento que le hace dominar las más hábiles técnicas de combate, sino en los profundos y nobles ideales que lo mueven.

Esa aspiración a la gloria es uno de los conceptos que articulan el discurso de la película, y define, más que ninguno (salvo quizás la defensa a ultranza de la libertad), el carácter espartano. Esto no le es ajeno al propio Jerjes, que al estallar en cólera ante la burlesca negativa de Leónidas a rendirse y postrarse a sus pies, le amenaza con arrebatársela (00:57:33-00:57:57):

No habrá gloria en vuestro sacrificio. Conseguiré borrar de la historia la memoria misma de Esparta. Cada trozo de pergamino griego será quemado. Sacaremos los ojos y arrancaremos la lengua de cada historiador y escriba griegos. Y quien honre el nombre de Esparta o de Leónidas será penado con la muerte. El mundo jamás sabrá que exististeis.

Leónidas y Jerjes

Nada podría infundir más temor en un espartano, pero un verdadero espartano es incapaz de sentir tal emoción, y Leónidas no se inmuta ante el terrible juramento de Jerjes (00:58:00-00:58:14):

El mundo sabrá que unos hombres libres se enfrentaron a un tirano, que unos pocos se enfrentaron a muchos. Y sabrán, antes de que acabe esta batalla, que incluso un gran rey puede sangrar.

El propio Daxos, su aliado arcadio, tras comunicarle a Leónidas que Efialtes ha mostrado a los persas el sendero secreto y que, a resultas de ello, todo está perdido, no puede comprender que el rey espartano siga apelando a la gloria, aunque ello implique permanecer en el campo de batalla y encarar una muerte segura, de la misma manera que, en la escena ya comentada, tampoco entendía el buen humor de Stelios ante la manifiesta superioridad enemiga. Veamos el diálogo (01:19:39-01:20:56):

El arcadio Daxos

Daxos

¡Leónidas! ¡Estamos sentenciados, sentenciados, te lo aseguro! ¡Acabados!

Leónidas

¡Daxos, cálmate!

Daxos

Un jorobado traidor ha mostrado a Jerjes el camino hasta nuestra retaguardia. Los focios que apostaste allí han huido sin resistencia. ¡Esta batalla ha acabado, Leónidas!

Leónidas

¡La batalla habrá acabado cuando yo diga que ha acabado!

Daxos

¡Los inmortales nos habrán rodeado al amanecer! ¡Las Termópilas habrán caído!

Leónidas

¡Espartanos, preparaos para la gloria!

Daxos

¿Gloria? Has enloquecido. ¡Ya no hay gloria que esperar! Sólo podemos retirarnos; o rendirnos; o morir.

Leónidas

¡Esa elección es muy simple para nosotros, arcadio! ¡Los espartanos jamás se retiran! ¡Los espartanos jamás se rinden! Haz que corra la voz. Que todo griego, del primero al último, sepa la verdad. ¡Que todos hagan examen de conciencia! Y de paso, arcadio, hazlo tú también.

Daxos

Mis hombres vienen conmigo. ¡Buena suerte, Leónidas!

Locos. Los espartanos están locos. Así piensan sus aliados; así piensan sus enemigos.

Ligada a la búsqueda de la gloria, se halla la defensa de la libertad (de lo que los espartanos entienden por libertad, pero ése es otro asunto), y es esta causa la que, en última instancia, determina la actuación de los espartanos, en general, y de Leónidas, en particular.

La apelación a la libertad es continua en el relato y constituye un elemento clave del discurso de Dilios antes de la batalla de Platea, donde afirma que el sacrificio de los 300 se transmitió «de griego libre a griego libre» y que éstos entregaron la vida «no sólo por Esparta, sino por toda Grecia y por la promesa que este país representa» (es decir, por la promesa de libertad). Unos instantes después, insiste en la misma idea al poner en evidencia que, frente al ejército de esclavos de Jerjes, sus tropas las integran «treinta mil griegos libres [5]», y concluye anunciando que, con su victoria, lograrán liberar al mundo del «misticismo y la tiranía» y darán la bienvenida «al futuro más esperanzador que hayamos imaginado» (de nuevo, un futuro de libertad).

Las referencias a la libertad son, en efecto, constantes. Es de noche y estamos en la alcoba real. La reina Gorgo se percata de la profunda preocupación que abate a su marido, y éste le hace partícipe del motivo que la causa. Presiente que la prohibición dictada por los éforos y el oráculo de no iniciar hostilidades contra Jerjes puede sellar el destino de Esparta. La disyuntiva es grande, pues no puede declarar la guerra sin el beneplácito de los sacerdotes (00:20:14-00:20:36):

Gorgo, reina de Esparta

Leónidas

¿Y qué puede hacer un rey para salvar su mundo cuando aquellas mismas leyes que ha jurado acatar le obligan a no hacer nada?

Gorgo

No se trata de lo que un ciudadano de Esparta debería hacer; o un marido; o un rey. Pregúntate, amado mío: ¿qué haría un hombre libre?

Así pues, la libertad es el valor supremo, y dado que está por encima de todas las cosas, su defensa justifica cualquier medio al que se decida recurrir. De esta opinión es la reina, que bien sabe que, a pesar de sus excepcionales dotes militares, su marido no es rival para Jerjes, a menos que se movilice a todo el ejército. Es preciso, por tanto, que ella comparezca ante el Consejo y persuada a sus miembros de que contravengan el mandato de los éforos. En el siguiente diálogo, la reina habla con uno de sus miembros [6] (00:34:39-00:34:52):

Gorgo

¿Crees que podría dirigirme al Consejo? Si son razones lo que quieren, yo se las daré.

Loyalist

¿Y qué razones son ésas, mi reina?

Gorgo

Que la libertad tiene un precio, el más alto de todos: el precio de la sangre.

No hay disyuntiva posible entre la paz y la libertad: siempre la libertad, cueste lo que cueste. Y si ese precio tiene que ser la muerte, con tal de que el sacrificio de los 300 corra de boca en boca y despierte a Grecia de su letargo para la consecución de la victoria final, esas muertes no serán en vano, como acaba comprendiendo el fiel Dilios un año más tarde en Platea.

Tras la desbandada de los arcadios, y consciente del destino que les espera, Leónidas exhorta a sus hombres y apela tanto a su orgullo militar, como a su sentido del deber en defensa del supremo valor espartano (01:21:03-01:21:44):

¡Muchachos, muchachos! ¡Atended! No hay retirada. No hay rendición. Ésa es la Ley espartana, y como exige la Ley espartana, nos quedaremos y lucharemos. Y moriremos. Una nueva era comienza. Una era de libertad. Y el mundo entero sabrá que 300 espartanos dieron su vida por defenderla.

De modo que, en la guerra, Esparta y Persia, como quintaesencia de Occidente y Oriente, actúan guiados por criterios de diferente naturaleza. Esparta lo hace por sus nobles ideales; Persia, por el afán prosaico de sojuzgar a los pueblos del mundo, pues ¿qué significan para un persa el honor y la gloria frente a un buen puñado de monedas de oro? Eso explica que unas fuerzas espartanas tan exiguas, por muy propicia que fuera la geografía del terreno y muy avanzadas sus técnicas de combate, pudieran contener a las inagotables hordas de Jerjes. Eso explica que, en Platea, pese a la arrolladora superioridad de efectivos de los persas («El enemigo únicamente nos triplica en número, alentador para cualquier griego», se regocija Dilios), los griegos obtuvieran una victoria incontestable y decisiva para el desenlace de la Segunda Guerra Médica. Pues, si bien los soldados de uno y otro bando se baten en el campo de batalla con el fin inmediato de alcanzar la victoria, al espartano lo animan profundas convicciones, mientras que el persa sólo piensa en el botín, a la vez que el miedo al látigo y al poder divino de su señor espolea sus músculos y atenaza su corazones.

En la escena referida con anterioridad, en la que Jerjes, a cambio de su rendición, tienta a Leónidas con poder y riquezas inimaginables, el rey espartano tiene bien presente que en la carencia de principios de los guerreros persas y en su servilismo residen la debilidad persa y sus esperanzas de frenar al enemigo, y así se lo hace saber al señor de toda Asia (00:56:21-00:56:31):

Tienes muchos esclavos, Jerjes, pero pocos soldados. Dentro de poco, temerán más mis lanzas que tus latigazos.

Los persas son, además, cobardes y crueles con el enemigo. Con el primero de los adjetivos los describe Leónidas cuando, tras el fracaso de la acometida inicial y rehuyendo el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, los persas arrojan una lluvia de flechas que oscurece el cielo y amenaza con ensartar a los 300. Idéntica opinión le merecen a Dilios, que, en el discurso de Platea, los pinta «con el corazón encogido, y tembloroso el pulso, aterrorizados».

En cuanto a su crueldad, los griegos obtienen buena muestra de ella al toparse, de camino a las Termópilas, con un pueblo incendiado y arrasado. No hay un alma en las calles; de pronto, advierten una presencia: es un niño. Apenas puede andar, se desploma en los brazos de Leónidas y, entre balbuceos, le revela algo terrible (00:30:13-00:30:32):

Ahora todo está en calma. Aparecieron bestias en mitad de la noche con sus garras y colmillos. Nos apresaron a todos. A todos, menos a mí.

Sí, los persas han asesinado impunemente no sólo a los hombres, sino también a las indefensas mujeres y a los inocentes infantes. Un soldado se dirige a su rey; ha encontrado a los aldeanos. Y en una pesadilla que no tiene fin, contemplan horrorizados cómo los persas han forrado un árbol con sus cuerpos exánimes y atravesados por las mismas flechas ignominiosas que lanzarán, más adelante (como acabamos de ver), contra el ejército enemigo. El espectáculo es siniestro y estremecedor.

¿Cómo dudarlo? Los persas no son seres humanos: son monstruos. Leónidas lo intuye al examinar las huellas en el barro; el propio niño así lo señala al referirse a sus «garras y colmillos». Stelios habla del «monstruoso ejercito de Jerjes»; y Dilios los llama «bárbaros desalmados», que casi equivale a negar su condición humana.

Al concluir su parlamento, los rasgos del sirviente negro de Jerjes que entrega a los éforos el oro ganado con su traición se sumen en la oscuridad y su figura desaparece (00:18:40-00:18:53): sólo quedan sus ojos malignos, tan malignos como los ojos de rubí del lobo que, siendo pequeño, cazó Leónidas como parte de los ritos de iniciación que le permitirían ocupar un lugar entre los adultos.

Tras repeler los espartanos a la infantería persa y a su caballería en sendos ataques y salir airosos de la lluvia de flechas, entra en escena, por primera vez, Jerjes. Su tez oscura, su cabello y cuerpo rasurados, sus cejas depiladas y sus innumerables cadenas y colgantes le confieren un aspecto siniestro. Acaso físicamente no sea un monstruo, pero tampoco se asemeja a un hombre civilizado. Y entonces le oímos hablar, y su voz, metálica y lúgubre, parece nacida de las entrañas de la Tierra [7].

Monstruos por dentro, mas también monstruos por fuera. Dilios, asestando un golpe con su escudo, arranca la máscara a uno de los inmortales, el cuerpo de élite del ejército rival: mitad hombre, mitad bestia, sus facciones son demoníacas (01:01:56-01:02:12). Pero las hordas persas esconden entre sus filas a criaturas aún más horripilantes. Acompaña a los inmortales un gigante de rasgos deformes, dientes afilados y hondas cicatrices que surcan todo su cuerpo (01:01:09-01:04:20). Gruñe como las bestias.

Los temibles inmortales

Segunda jornada de luchas. Cada ofensiva persa choca contra el muro impenetrable de la falange espartana. Jerjes no puede contener su cólera y manda ejecutar a uno de sus generales para que sirva de escarmiento. El verdugo no sostiene entre las manos guadaña alguna, pues no tiene manos, sino guadañas a modo de apéndices (01:08:59-01:09:06).

No, los persas no son como nosotros: son monstruos, conviene repetir una y otra vez, y esa monstruosidad impregna y contamina a la propia naturaleza en las tierras de Asia, prestas a engendrar animales dantescos de imposibles dimensiones. En la segunda mañana de combate, así se refiere el narrador Dilios, primero a un descomunal rinoceronte (01:06:52-01:06:57), y luego a una manada de elefantes que recuerdan a los míticos olifantes de El señor de los anillos [8] (01:09:21-01:09:41):

Nuestros ojos son testigos del grotesco espectáculo llegado del confín más tenebroso del imperio de Jerjes.

[…]

Jerjes hace llegar monstruos de los rincones más remotos. Pero son bestias torpes, y los cadáveres persas amontonados en el suelo las hacen resbalar.

Pero también entre los griegos habitan los monstruos: aquellos que se alían con el enemigo y traicionan a sus compatriotas por el vil metal. Pues, a pesar de que los espartanos encarnan las cualidades más sublimes del ser humano, la capacidad de corrupción de los persas es ilimitada, y para un espíritu agrietado, el poder y las riquezas representan una tentación irresistible cuando los oídos se dejan acariciar y seducir por lenguas maliciosas y enredadoras.

Los éforos se erigen en paradigma de la corrupción, y por eso, Dilios no escatima en improperios al describirlos (00:13:48-00:14:05):

Los éforos, sacerdotes de los antiguos dioses, cerdos endogámicos, más criaturas que hombres, criaturas a las que incluso Leónidas debe pagar y suplicar. Ningún rey de Esparta ha ido a la guerra sin la aprobación de los éforos.

Los repulsivos éforos

Los tacha también de «místicos enfermos», «ruines» y «corruptos», y Leónidas, por su parte, los califica de «viejos lascivos». La podredumbre de sus almas se refleja inexorablemente en sus repugnantes fisonomías: en sus rostros carcomidos y llenos de pústulas y sus ojos desprovistos de vida.

Monstruoso es también el aspecto del jorobado y deforme Efialtes, cuya sed de venganza (a causa del desaire de Leónidas), unida a su debilidad y a sus deseos carnales, lo lleva a cometer un acto vergonzoso de felonía.

Traidor es también el consejero Terón, que desde el órgano supremo de decisión política de Esparta, obstaculiza los planes de defensa contra el enemigo y obliga a la esposa de Leónidas, movida por su amor a la patria y a su marido, a vender su cuerpo y acostarse con él para ganarse su favor en el Consejo.

Todo lo que de monstruoso hay en Esparta emana de Persia.

2. Conclusiones

De la Historia de Herodoto (siglo v antes de Cristo), a 300 de Frank Miller (1998) [9], hasta llegar a 300 de Zack Snyder (2006). De la obra historiográfica, pasando por el cómic, a la obra cinematográfica, punto de partida y punto de llegada [10]de un relato, el de Leónidas y sus 300 espartanos, que ha llegado hasta nosotros a pesar de los veinticinco siglos que nos separan de su gesta.

Cuántos hechos gloriosos, acaecidos en tiempos remotos, no habrán caído en el olvido enterrados bajo las arenas del tiempo. Si la principal obsesión de Leónidas era que los hombres recordasen el sacrificio de los 300, su deseo se vio cumplido con creces, y así, la feroz imprecación prorrumpida por Jerjes jamás se hizo realidad.

Dilucidar cuánto de Herodoto, de Miller y de Snyder hay en la película, e incluso cómo encaja lo relatado con la verdad de los hechos, es una tarea compleja que, por mi formación, no está a mi alcance y que rebasa los límites de este trabajo. En cualquier caso, salta a la vista que el film está plagado de referencias contemporáneas, ya sea en el aspecto y la voz a lo drag queen de Jerjes o en la actitud de chulo de taberna de Leónidas cuando explica al Rey de Reyes que no puede postrarse a sus pies porque, de tanto masacrar persas, le ha salido una agujeta en la pierna; ya sea en la colección de monstruos salidos del cine de terror o en las batallas coreografiadas a lo Matrixy amenizadas con acordes de guitarra eléctrica. Pero repito que analizar la imbricación en la historia de lo antiguo y lo moderno atañe a otra persona y exige escribir otro ensayo.

Limitémonos, pues, a contemplar la película como una obra contemporánea, estrenada hace apenas seis años, y valoremos qué imagen ofrece de los persas, como personificación de Oriente, y a qué obedece esa imagen. Este enfoque, no obstante, suscita cuestiones de gran calado y difícil respuesta: ¿en qué medida, en una obra literaria o artística, pese a estar ambientada en una época más o menos lejana, se cuela la ideología del autor y de su época y hasta qué punto dicha ideología influye en la manera de plasmar a los personajes? ¿Se refleja en ellos la mirada contemporánea de Occidente? Por otro lado, ¿es absurdo y exagerado abrigar la idea de que laten bajo la superficie las tensiones políticas y militares que, desde hace años, enturbian las relaciones entre Estados Unidos e Irán y que recientemente se han acentuado a raíz del anuncio por parte de éste último de poner en marcha un programa de fabricación de energía nuclear? ¿Es Jerjes, el rey persa, acaso una metáfora de Ahmadineyad, el presidente iraní? ¿No desean ambos destruir la civilización occidental atacando a sus baluartes, apoderándose, el primero, de toda Grecia y borrando del mapa, el segundo, a Israel?

Tensar la cuerda, como acabo de hacer, es siempre un ejercicio interesante y sugestivo, pero peligroso, porque puede hacernos desvariar y ver gigantes donde no los hay, de modo que no hagamos mucho caso a las preguntas anteriores y planteemos otras más relevantes: ¿hay en 300 una exaltación de todo lo griego, a la vez que se denigra todo lo persa? Sí. ¿Se glorifica el militarismo hasta unas cotas excesivas incluso para una película que gira en torno a una batalla? Sí. ¿Se tiende al maniqueísmo, al esquematismo y a la simplificación en el dibujo de los personajes? Sí. Y la que probablemente constituya la acusación más grave: ¿es un film racista y xenófobo? Sí, con matices. A los ojos de Esparta, los persas son seres infrahumanos, bestias sanguinarias que amenazan con sumir en la oscuridad al mundo, así que, bajo el prisma moderno, sí, se podría calificar a los griegos de xenófobos y racistas. ¿Pero convierte este enfoque en xenófobos y racistas a Frank Miller y Zack Snyder? La mejor respuesta posible la dio el propio Miller, en la sección de cartas de los lectores, a raíz de una misiva en la que un tal Patrick Marcel criticaba al autor la homofobia del tebeo (la traducción es mía) [11]:

Si permitiese que mis personajes expresaran únicamente mis propias opiniones y creencias, mi trabajo sería un coñazo; si escribiera para agradar a aquellos que se ofenden fácilmente, sería propaganda.

A propósito: por su pertenencia a la clase guerrera, los espartanos, casi con toda seguridad, sí que practicaban la homosexualidad, y además hay constancia de que tendían a mentir acerca de ello. No es arriesgado, por tanto, presuponer que ridiculizaran a los atenienses, sus hedonistas rivales, por algo que ellos mismos hacían. Al fin y al cabo, la palabra hipocresía la hemos heredado de los griegos.

¿Qué va a ser lo próximo? ¿Una carta que sostenga que, dado que los espartanos poseían esclavos y golpeaban a los niños, yo hago lo mismo?

¡En qué tiempos vivimos!

300, de Frank Miller

En efecto, una obra no es su autor, ni el autor es su obra, y éste debería tener la potestad de elegir libremente no sólo el tema que aborda, sino también su tratamiento, sin que se le juzgue por ello, sin que cada línea (o cada escena) se interprete como una emanación de sus más firmes convicciones. Estamos ante una obra de ficción inserta en un género codificado, el épico, con unas convenciones bien delimitadas de las que se sirve el autor para apelar a los instintos más primordiales del espectador, con el fin de ensalzar a aquellos que él proclama como héroes y demonizar a aquellos que convierte en enemigos. ¿Maniqueísmo? Claro. ¿Xenofobia y racismo? Inevitablemente, si ello contribuye a menoscabar al adversario y reforzar la empatía con el héroe. Una obra se enriquece si en ella abundan los matices, si los personajes no son de una sola pieza, si el autor no toma partido en exceso por ninguna de sus criaturas, pero igual de válido es, desde el punto de vista artístico e intelectual y en el ejercicio de la libertad creadora, optar por un enfoque opuesto en el que la verdad sólo es una, en el que los buenos son buenos y los malos son malos porque está en su misma naturaleza y en el que los principios de unos son superiores a los de los otrosy hay que entregar la vida por defenderlos. Que no se nos olvide: hablamos de una obra de ficción, y todo vale. En el ensayo, hay licencias poéticas que sólo tienen cabida en la papelera.

En las páginas anteriores, he tratado de describir la imagen que de lo persa y, por ende, de lo oriental se transmite en la película 300. Nadie nos impide pensar, conforme a las tesis de Said, que dicha imagen, a todas luces negativa, es producto de siglos de dominación de Occidente sobre Oriente y que estos estereotipos se hallan enquistados en nosotros y en nuestra cultura debido fundamentalmente a la legitimación brindada por los eruditos en su continuo tejer del orientalismo como disciplina imperialista, y en tal caso, Miller y Snyder no constituirían sino un eslabón más en el proceso de edificación de este aparato teórico creado con el único propósito de subyugar. De ser así, y con independencia de que fueran o no conscientes de la manipulación a la que eran sometidos, e incluso al margen de que ellos mismos colaboraran, cómplices, en la labor de inculcar estas ideas preconcebidas en las frágiles mentes de los jóvenes, ambos autores serían, en cierta medida, víctimas del orientalismo.

Las tesis de Said resultan cuando menos cuestionables y suscitan un debate permanente en los círculos académicos, pero de ser ciertas, cabría preguntarse si el autor se tiene que resignar a que lo consideren siempre una marioneta incapaz de llevar a cabo una actividad creadora libre.


[1] Para ubicar cada fragmento, incluyo el tiempo inicial y el tiempo final, expresados en horas, minutos y segundos.

[2] La traducción para doblaje del guión de Zack Snyder, Kurt Johnstad y Michael Gordon es de Eva Garcés. Conviene aclarar que el empleo de la versión española y no del original inglés obedece al hecho de que, antes de emprender el trabajo, ya había interiorizado en castellano los parlamentos de la película. En efecto, fue el apercibimiento de la belleza y la épica del discurso en español de la batalla de Platea lo que me hizo acercarme de nuevo a la película y cambiar mi valoración acerca de ella, de modo que, en justicia, es la versión castellana la que debo citar aquí.

[3] Podría haber empleado los términos cómic o novela gráfica, pero tengo la impresión de que se recurre en muchas ocasiones a ellos para dignificar a una manifestación a caballo entre lo artístico y lo literario que no requiere de legitimación alguna y no tiene que pedir perdón por existir a aquellos que abogan por establecer una división, a mi juicio ficticia y elitista, entre alta cultura y cultura popular.

[4] He consultado la edición en español publicada por Norma en 2000, con traducción a cargo de Óscar Estefan.

[5] Es interesante señalar que la voz original (la de David Wenham, que interpreta a Dilios) pronuncia el segmento thirty thousand free Greeks con un énfasis notablemente menos marcado que el de la voz española de doblaje (Pere Arquillué) al decir el correspondiente treinta mil griegos libres. Llama la atención, además, que dicho énfasis afecte principalmente al sintagma griegos libres, y de manera todavía más concreta, al adjetivo libres. El doblaje, por tanto, entiendo que por decisión de su director (Armando Carreras) y por razones retóricas, enfatiza la idea de libertad, como elemento vertebrador del discurso, en mayor grado que el original.

[6] Ni en la ficha de imdb (http://www.imdb.com/title/tt0416449/), ni en los propios títulos de crédito, figura este personaje con otro nombre que no sea el genérico de Loyalist.

[7] Frank Miller la describe así en el capítulo 4 del tebeo («Combate»): «Una voz suave como el aceite caliente sobre cuero usado, y profunda como un trueno».

[8] Véase, en concreto, la escena de la batalla de los Campos del Pelennor, contenida en la tercera entrega de la adaptación cinematográfica de Peter Jackson (El retorno del rey [The return of the king], 2003).

[9] Miller se inspiró parcialmente en El león de Esparta (The 300 Spartans, Rudolph Maté, 1962), que le produjo una honda impresión de niño.

[10] Punto de llegada, pero quizás no punto final, pues quién sabe si la película, a su vez, se convertirá en inspiración de obras adscritas a otros campos (no ha lugar a descartar el musical, a tenor de la moda que impera en los últimos años).

[11] Antes de aparecer como novela gráfica, la editorial estadounidense Dark Horse publicó el tebeo en forma de serie limitada de cinco números. El texto de Miller figura en el número cuatro (agosto de 1998).

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